Margarita Naseau
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Margarita Naseau fue una mujer que se resolvió a vivir para los demás. Esta es su desnuda verdad, su secreto vital, su amable misterio y este es el difícil, gozoso y decidido poema de su vida. Ella es una “perla preciosa”. “Todo el mundo la amaba porque no había nada en ella que no fuera amable”, nos dirá San Vicente. Las Hijas de la Caridad tenemos varios cuadros idealizados de Margarita Naseau pero el real y auténtico nos lo dio san Vicente de Paúl en lo que dijo de ella en julio de 1642.

“Margarita Naseau fue la primera en servir a los pobres enfermos de la parroquia de San Salvador, en la que se estableció la Cofradía de la Caridad el año 1630.

Margarita Naseau, de Suresnes, es la primera hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás, tanto para enseñar a las niñas, como para asistir a los pobres enfermos, aunque no tuvo casi ningún maestro o maestra más que a Dios.

No era más que una pobre vaquera sin instrucción. Movida por una fuerte inspiración del cielo, tuvo el pensamiento de instruir a la juventud, compró un alfabeto, y, como no podía ir a la escuela para aprender, fue a pedir al señor párroco o al vicario que le dijese que letras eran las cuatro primeras; otra vez les preguntó sobre las cuatro siguientes, y así con las demás. Lugo, mientras seguía guardando sus vacas, estudiaba la lección. Veía pasar a alguno que daba la impresión de saber leer, y le preguntaba: “Señor ¿cómo hay que pronunciar esta palabra?” Y así, poco a poco, aprendió a leer; luego instruyó a otras muchachas de su aldea. Y entonces se resolvió a ir de aldea en aldea, para enseñar a la juventud con otras dos o tres jóvenes que había formado. Una se dirigía a una aldea, y otra a otra. Cosa admirable, emprendió todo esto sin dinero y sin más provisión que la divina Providencia.

Ayunó muchas veces días enteros, habitó en sitios en donde no había más que paredes. Se dedicaba a veces de día y de noche a la instrucción, no sólo de las niñas, sino también de las personas mayores, y esto sin ningún motivo de vanidad o de interés, sin otro plan que el de la gloria de Dios, el cual atendía a sus grandes necesidades sin que ella se diese cuenta. Ella misma contó a la Señorita le Gras que una vez, después de haber estado privada de pan durante varios días, y sin haber puesto a nadie al corriente de su pobreza, al volver de la misa, se encontró con qué poder alimentarse durante bastante tiempo.

Cuánto más trabajaba en la instrucción de la juventud, más se reían de ella y la calumniaban los aldeanos. Su celo iba siendo cada vez más ardiente. Tenía un despego tan grande, que daba todo cuanto tenía, aún a costa de carecer ella de lo necesario. Hizo estudiar a algunos jóvenes que carecían de medios. Los alimentó por algún tiempo y los animó al servicio de Dios; y esos jóvenes son ahora buenos sacerdotes.

Finalmente, cuando se enteró de que había en París una cofradía de la Caridad para los pobres enfermos, fue allá, impulsada por el deseo de trabajar en ella; y aunque seguía con gran deseo de continuar la instrucción de la juventud, abandonó sin embargo este ejercicio de caridad, para abrazar el otro, que ella juzgaba más perfecto y necesario; y Dios lo quería de esta manera, para que fuese ella la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París. Atrajo a otras jóvenes, a las que había ayudado a desprenderse de todas las vanidades y a abrazar la vida devota.

Tenía gran humildad y sumisión. Era tan poco apegada a las cosas que cambió de buen grado en poco tiempo de tres parroquias, a pesar de que salía de cada una de ellas con gran pena.

En las parroquias se mostró siempre tan caritativa como en el campo, dando siempre todo lo que podía tener, cuando se presentaba la ocasión; no podía rehusar nada, y le hubiera gustado tener a todo el mundo en su casa. Hay que advertir que entonces todavía no existían las comunidades formadas ni regla alguna que le impidiese obrar de esta manera.

Tenía mucha paciencia; no murmuraba jamás. Todo el mundo la quería, porque no había nada que no fuese digno de amor en ella.

Su caridad era tan grande que murió por haber acostado con ella a una pobre muchacha enferma de la peste. Contagiada de aquel mal, dijo adiós a la hermana que estaba con ella, como si hubiese previsto su muerte y se marchó al hospital de San Luis, con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios.”

Ella, con su vida y su entrega “muestra el camino a las demás”. Nos lo muestra a todos. Ese camino que es Jesucristo y que se anda amando y sirviendo a los pobres como él. Ella nos enseña a meternos en la escuela de Jesús y a aprender del único Maestro.

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Quiénes Somos

La Compañía de las Hijas de la Caridad fue fundada en Francia por San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac.
San Vicente de Paúl (1581-1660) descubre la miseria material y espiritual de su tiempo y consagra su vida al servicio y a la evangelización de los pobres fundando, para este fin, las Cofradías de la Caridad (1617) y la Congregación de la Misión (1625).

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